El ataque de los drones. La nueva guerra aérea en Latinoamérica

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José Miguel “Mike” Pizarro / Opinión

Miami, EE.UU.- El 21 de agosto de este año se escribió una página negra y maldita en la historia militar de América Latina. Por primera vez, un helicóptero Blackhawk con 16 comandos de la Policía Nacional de Colombia fue derribado no por un misil, no por fuego antiaéreo, sino por un simple dron comercial armado con explosivos. Sí, leyó bien: un dron de los que normalmente fumigan plátanos en el campo, convertido en bombardero kamikaze. Dimensiones: más o menos la rueda de una camioneta Toyota 4×4. Resultado: un helicóptero de 22 millones de dólares hecho chatarra y un pelotón de comandos de jungla evaporados en cuestión de segundos.

Los terroristas no tuvieron que hacer malabares. Solo se escondieron entre la selva y esperaron en el único claro disponible para aterrizajes. Ese pedazo de loma era un regalo del terreno, conocido solo por la guerrilla, había sido preparado, vigilado y, por si acaso, minado con explosivos terrestres. Conocedor de estos peligros, el piloto del helicóptero se acerca a gran velocidad a la zona para rescatar a sus compañeros. Segundos antes del aterrizaje, el dron aparece de entre los árboles e impacta con toda probabilidad la cabina de los pilotos detonando su carga explosiva. Esto provoca la caída instantánea del helicóptero, el cual, por su peso y tamaño, con toda seguridad acciona una o más minas terrestres, las que destruyen por completo el helicóptero acabando instantáneamente con casi toda la tripulación. Los sobrevivientes piden ayuda por radio, pero no pueden ser rescatados y mueren en combate, siendo sus cuerpos recuperados 24 horas más tarde.

Quiero ser brutalmente claro:

Esto no fue un accidente aislado. Esto es el prólogo de una larga pesadilla aérea que recién comienza en nuestra región.

Los drones comerciales son baratos, fáciles de comprar en cualquier esquina de Latinoamérica y aún más fáciles de modificar con explosivos caseros. No hay leyes que frenen, monitoreen o fiscalicen la venta masiva y los cárteles de la droga tienen más dinero que todos los Ministerios de Defensa juntos. ¿Resultado? Una poderosa flota aérea irregular de drones –de todos los tamaños- que puede aparecer en cualquier momento y arrodillar a un gobierno.

El desbalance militar y la trampa de los drones

En Colombia, para ponerlo más crudo, los drones grandes ni siquiera tienen que ser comprados en el país: se consiguen en el Ecuador y cruzan la frontera escondidos en grandes camiones, como si fueran cargamentos con cientos de cajas de cartón industrial con hornos de microondas o pequeños refrigeradores en su interior. ¿Quién los va a detener? Nadie.

Lo que vimos el 21 de agosto es apenas el inicio. Si hoy un solo dron tumbó en segundos un Blackhawk mientras este –con su tripulación en máxima alerta– se encontraba activamente combatiendo fuerzas guerrilleras de tierra, mañana veremos enjambres enteros cayendo sobre helicópteros de carga, aviones de transporte e incluso arrasando bases completas. La selva llevará estos combates a las ciudades y esta simple forma de lucha convertirá nuestro espacio aéreo en un nuevo y peligroso cielo de drones cargados de TNT. Y lo peor: no es ciencia ficción, es el nuevo manual de guerra irregular latinoamericana. Bienvenidos a la guerra aérea 2.0: donde los narcos ya no sueñan con submarinos, sino con escuadrones de drones listos para cazar helicópteros, derribar aviones C-130 y hostigar Super Tucanos como si fueran patos en temporada de cacería. Insisto. Esto es solo el comienzo.

¿Es este un problema exclusivamente colombiano?

Para nada.

Estos ataques comenzarán a ser vistos en el corto plazo en el Ecuador, Perú, Venezuela, México y probablemente en Chile, en donde esta nueva variante del combate moderno será una práctica común antes del año 2030 formando parte del nuevo arsenal de los Cárteles y grupos guerrilleros en todo nuestro continente.

¿Qué efectos y consecuencias tiene este ataque en el ámbito militar?

El ataque del 21 de agosto no es un incidente aislado: es la señal de que el tablero de la guerra en Latinoamérica acaba de cambiar. A partir de ahora, cualquier Estado que no reaccione rápido se arriesga a quedar en ridículo frente a grupos criminales que compran su armamento en Amazon y lo convierten en armas estratégicas. Así de simple. Así de rápido. Así de efectivo. La conclusión es simple: todas las Fuerzas Armadas de la región deben crear de inmediato la especialidad de Operaciones con Drones. De la misma forma como un soldado que salta en paracaídas recibe parche, piocha y sobresueldo, mañana tendremos que hacer lo mismo con los nuevos pilotos de drones de combate. El que vuele un dron armado tendrá que ser tan reconocido —y tan bien pagado— como el paracaidista más experto.

La historia ya nos dio la lección: después de la Segunda Guerra Mundial, los misiles cambiaron la doctrina militar. Hoy, los drones hacen lo mismo. Y la respuesta no puede ser tímida. Se deben activar compañías, batallones y regimientos enteros dedicados exclusivamente a operaciones con drones. ¿Las misiones? La mitad de estas unidades deberá enfocarse en tareas de reconocimiento, vigilancia, seguridad, comunicaciones y enlace de largo alcance.

La otra mitad, y aquí está lo más serio, tendrá que dedicarse a operaciones ofensivas: atacar unidades en tierra, destruir centros de mando, eliminar comandantes en retaguardia… y sobre todo, cazar helicópteros y aviones del ejército adversario.

Porque, seamos claros: la manera más efectiva de obligar al enemigo a dejar de usar su aviación es simple y brutal: destruir cada helicóptero y cazabombardero que intente despegar. Y los drones, baratos y letales, son la herramienta perfecta para esa tarea. En resumen: los ejércitos que no diseñen y activen hoy mismo sus unidades de drones de batalla serán mañana – si tienen suerte y no entran en combate – ejércitos de museo. Pero quienes vayan ahora a una guerra y no escuchen las voces de la ciencia militar y la tecnología, levantarán inmensos cementerios de bravos soldados que murieron por decenas de miles sin saber quién los atacó.

¿Lo más urgente? Regimientos Antidrones

Olvídese por un momento de comprar “el último dron de moda” para reconocimiento o ataque. Lo verdaderamente urgente hoy no es sumar drones, sino sobrevivir a ellos. Y eso significa crear ya mismo Regimientos Antidrones.

La realidad es brutal: la mayoría de nuestras bases aéreas están desnudas frente a esta amenaza. Imagine la escena: filas enteras de F-16 brillando al sol, Blackhawks UH-60L alineados como feria aeronáutica y los pocos Hércules C-130 —verdaderas joyas estratégicas— todos estacionados como si estuvieran en exposición para revista del Ministro del Interior. ¿Defensas Anti-drones? Ninguna. ¿Resultado? Un campesino guerrillero con cinco compadres en chancletas, desde un pueblo que ni sale en el mapa, podría lanzar 40, 50 o 70 drones de $100 dólares cada uno, cargados con granadas caseras de 100 gramos, y convertir toda esa inversión multimillonaria en chatarra humeante en cuestión de minutos. Costo total para el atacante:  lo que vale una camioneta Toyota usada. Costo de la pérdida para el Estado: millones de dólares en hierro retorcido, decenas de pilotos, mecánicos e ingenieros muertos o mutilados, y la aviación nacional paralizada por años. Esto no es exageración ni ciencia ficción: es la ecuación más barata y letal de la guerra moderna. Un ejército que no invierte ya en defensa Antidrones, está condenado a ver cómo sus bases aéreas se convierten en cementerios de metal humeante y escombros metálicos de acero retorcido.

El peligro es real

Hoy en día, la destrucción completa de la Fuerza Aérea de una República no solo puede ser ejecutada por un ejército extranjero, o por una potencia mundial, sino también por un puñado de narcotraficantes del pueblo de al lado. Y lo más indignante: ningún gobierno latinoamericano cuenta, a esta hora, con un sistema mínimo de defensa frente a este tipo de ataques.

Desde la lógica militar, el panorama es tan claro como aterrador. Los países cuyos cuerpos de oficiales tengan la cabeza menos atornillada al pasado —es decir, con mentalidad liberal, creativa e innovadora— serán los primeros en reaccionar. Y aquí no hay que adivinar: ejércitos y armadas como los de Brasil y Argentina, por su propia cultura militar, probablemente serán los pioneros en levantar y equipar unidades de ataque con drones, muy seguramente fabricados en casa, con tecnología local y sin pedir permiso a nadie.

En otras palabras: mientras algunos países seguirán discutiendo en comités interminables si esto es una amenaza “real o hipotética”, los que sí piensen como oficiales profesionales, ya estarán armando escuadrones de drones criollos listos para el combate.

Lo que veremos en 12 a 24 meses

Hoy, gran parte de los ejércitos latinoamericanos están en clara desventaja estratégica frente a ese pequeño club de países que sí invirtieron en grande (Chile y Brasil) con poderosas Fuerzas Aéreas, submarinos de ataque, ejércitos modernos, artillería de campaña de última generación, misiles de largo alcance, sistemas de combate de nivel OTAN, etc. El resto, los que no invirtieron a tiempo, hoy se quedaron con fuerzas tan pequeñas e irrelevantes que apenas superan a una guardia costera en el mar, o en tierra, se asemejan más a una policía de fronteras entusiasta que a un verdadero ejército de combate moderno.

Ese desbalance no les deja otra opción a los ejércitos pobres. Los países peor equipados tendrán que pensar fuera de la caja y abrazar la guerra irregular. En caso de conflicto, la imagen es fácil de anticipar: Estos ejércitos humildes desplegarán decenas de camiones civiles -disfrazados de transporte de carga- pero con contenedores repletos de cientos de drones armados con explosivos, listos para ser activados a cientos de kilómetros de distancia.

El precedente ya existe: Ucrania. Allí se han visto camiones comerciales preparados meses antes, estacionados cerca de bases aéreas o navales, esperando la orden remota. Incluso un año después de su despliegue inicial, bastó solo un “clic” para que los comandantes liberaran sorpresivamente varios enjambres de drones explosivos sobre decenas de aviones, helicópteros, destructores, fragatas o submarinos perfectamente alineados en muelles y pistas. Y lo peor: sin que nadie pueda detenerlos. Realizar este ataque en América Latina es aún más fácil, porque la mayoría de nuestras bases siguen totalmente desprotegidas contra esta amenaza aérea de bajo costo.

En pocas palabras: para los ejércitos débiles, los drones son la única herramienta realista para equilibrar la balanza. Para los fuertes, pero carentes de sistemas de defensa anti-drones, son la pesadilla que puede volver insignificante toda su inversión multimillonaria.

La década de los enjambres

No pasarán más de 10 años antes de que todos estos escenarios de guerra dejen de ser teoría y se vuelvan rutina en América Latina. Muy pronto quedará en evidencia lo obvio: solo un pequeño grupo de países decidió apostar, con todo su músculo financiero y mentalidad innovadora, a la fabricación masiva de drones baratos armados con explosivos.

En esas naciones consideradas pobres y pequeñas veremos a sus ejércitos creando la doctrina, el entrenamiento y la certificación necesarios para ejecutar operaciones de ataque estratégico, no solo táctico. Y lo harán contra adversarios infinitamente más poderosos, atacando bases aéreas llenas de cazabombarderos, bases navales con submarinos de última generación que serán destruidos en minutos, y completamente indefensos frente a la caída en picada de enjambres de pequeños drones explosivos. Los comandantes responsables de estos desastres no entenderán ni hoy ni mañana cuán equivocados estaban al enfocarse en tanques y artillería sin detectar primero el monumental talón de Aquiles que los llevó a la derrota: no tener sistemas para detectar y derribar enjambres de drones.

En resumen: los que inviertan hoy – de forma agresiva y decidida- en drones de ataque y en sistemas de bloqueo y derribo de enjambres serán los que, mañana, inclinarán la balanza de la guerra a su favor. Los que no, simplemente estarán comprando boletos para la exhibición más cara de chatarra militar humeante del continente latinoamericano.

El ataque de los drones ha comenzado

Con la guerra en Europa avanzando a paso veloz, y su extensión a Europa central considerada ya como un hecho inevitable, el mercado de armas europeas estará cerrado para América Latina por al menos la próxima década. Soñar ahora con nuevos sistemas importados de la OTAN… es pura fantasía. No habrá refuerzos. No habrá milagros. Los ejércitos de la región deberán generar sus capacidades ofensivas con lo que tienen a mano: su propia industria, su propio ingenio, sus propios recursos locales.

Y aquí no hay espacio para ilusiones: la guerra de los drones llegó para quedarse. Será ella la que marque el compás de las batallas en América Latina: los primeros choques, las primeras bajas, las primeras destrucciones históricas de buques, submarinos, aviones y —no nos engañemos— también edificios gubernamentales. Serán los drones los que ejecuten operaciones quirúrgicas de descabezamiento, eliminando a líderes enemigos con una precisión que antes solo tenían las potencias mundiales.

El futuro ya está aquí. El ataque de los drones ha comenzado.

José Miguel “Mike” Pizarro / Ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.

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