Venezuela: el principio de una guerra regional y el fin de la paz en América Latina

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*José Miguel “Mike” Pizarro / Opinión

Miami, EE.UU.- Las Fuerzas Navales norteamericanas actualmente ancladas frente a las costas de Venezuela, no tienen ni la más remota intención de invadir un solo metro del territorio venezolano continental. En cambio, su intención es -en los próximos días- comenzar el bombardeo selectivo de bases aéreas venezolanas, destrucción de radares, bases militares con presencia de campos de entrenamiento de las fuerzas narco -guerrilleras colombianas-, acoso aéreo a los campamentos de descanso de las FARC, y el ELN y quizás algunas bombas a los centros de acopio logístico de los carteles en la frontera. Sin embargo, creo muy posible ver operaciones aéreas orientadas a la neutralización de líderes militares del alto mando militar venezolano y la eliminación de jefes guerrilleros a través del bombardeo selectivo -con misiles de corto y mediano alcance- que serán lanzados por aeronaves no tripuladas. La campaña aérea durará -cuando mucho- un par de semanas y es probable que, en las islas cercanas al Caribe venezolano se instalen pequeñas bases aéreas expedicionarias defendidas por regimientos de infantes de Marina norteamericanos. ¿El objetivo? Establecer un cerco aéreo y naval de fuego y acero frente a las costas venezolanas para dejar al gobierno de Maduro atrapado en su propio mar territorial. 

¿El régimen Chavista va a caer?

Si ese es el objetivo de la poderosa escuadra, entonces el resultado es poco probable. Mientras Nicolás Maduro se mantenga con vida y sus Ministros aún respiren y puedan ejercer funciones de mando y control, las fuerzas militares subordinadas al régimen se mantendrán fieles a sus líderes. En Venezuela existe -como en toda dictadura socialista- una mezcla de fanatismo ideológico, ese que sólo se ve en la tropa pobre y humilde, y una insaciable adicción al dinero corrupto, pero que solo reciben los altos mandos militares y policiales distribuidos en todo el país. En este sentido se deben reconocer las virtudes y los evidentes logros del enemigo, pues  aquí toca decir las cosas por su nombre… los cubanos hicieron un trabajo de relojería en Venezuela. 

Pero para Washington el problema es otro. La fuerza de despliegue rápido empleada por el Presidente Trump no obedece a ningún tipo de planificación estratégica y carece de objetivos políticos, militares y económicos claros y bien definidos. Es evidente que aquí no existe una lista de acciones puntuales específicamente diseñadas para lograr efectos de largo plazo. ¿Por qué? Pues la respuesta es muy fácil. La misión de la fuerza de tareas anfibia es solamente forzar a la dictadura Chavista a negociar bajo presión y aceptar la larga lista de demandas políticas y económicas impuestas por Washington, nada más. Eso es todo. No habrá invasión, ni cambio de régimen político, ni destrucción de la dictadura socialista. No señor. No ahora. No este año. 

Tras los completamente predecibles bombardeos esporádicos -que se llevarán a cabo a partir de mediados de septiembre y hasta los últimos días de octubre- sobre distintos objetivos en territorio venezolano, la fuerza de tareas norteamericana se retirará muy pronto y mucho antes de la navidad de este año. ¿El resultado final y predecible? Maduro aceptará públicamente renunciar a cualquier alianza con Rusia, Irán y la China comunista, firmará -a la velocidad del rayo- un par de acuerdos públicamente televisados por CNN y simultáneamente entregará jugosos contratos petroleros a los Estados Unidos. Como guinda de la torta y para agradecer también el haber quedado con vida, prometerá ser un chico bueno que simulará respetar los derechos humanos en Venezuela comprometiéndose a darle algún tipo de espacio político a la oposición. Nada más. Es una maniobra de beneficio mutuo que les permite a ambos ganar tiempo.

El verdadero remezón nunca fue Venezuela, y nos daremos cuenta de ello al día siguiente en que la flota regrese con todos sus buques a sus puertos en Virginia y Carolina del Norte. Ese día veremos rascándose la cabeza -con una mezcla de asombro y aturdimiento- sentados en todas las playas de la región y sin decir una palabra, a todos los Presidentes y líderes militares de América Latina. En silencio y mientras observan como se alejan los gigantescos buques de guerra norteamericanos, se preguntarán qué fue exactamente lo que ha pasado. Y las conclusiones no se harán esperar. Los mensajes que deja el gobierno del Presidente Trump, a quien aún le quedan más de tres años y medio de cuerda, mando y poder absoluto, ha hecho concluir a nuestros líderes lo siguiente.

Conclusión, número 1:

No importa lo malvado, extremista, perverso y peligroso que sea el gobierno latinoamericano que se enfrente a Trump, el nuevo régimen estadounidense no tiene interés alguno en invadir a nadie. ¿Para qué? A partir de hoy la nueva administración norteamericana sólo ofrece dos opciones. Negociar o ser golpeado. Y Trump no le tiene miedo a nadie en nuestra región. Incluso un adversario gigantesco como lo era Venezuela con aviones F-16, caza bombarderos rusos armados con misiles de largo alcance R-77, más de 5,000 modernos vehículos blindados, tanques principales de batalla T-72, artillería antiaérea S-300 de última generación y un pie de fuerza de más de un cuarto de millón de hombres debidamente equipados -con varios millones más de reservistas pobremente equipados, pero altamente motivados- Trump deja claro que su estilo es ir a cualquier casa del barrio, botar la puerta, golpear al dueño con una tubería de acero, luego tomarse un café en la cocina, usar el baño y retirarse al día siguiente para no volver más en una década… a menos que ese país deje de cumplir con lo establecido en el nuevo acuerdo firmado con Trump. 

Conclusión número 2:

Aquí está lo más importante para que tomen nota. El nuevo gobierno norteamericano no va a intervenir de manera directa en ningún conflicto bélico entre países de habla hispana. Lo repito para que quede claro. Nadie viene al rescate. Por ejemplo, si Nicaragua hunde buques colombianos frente a las costas de la isla de San Andrés, si Colombia destruye lanchas de patrulla peruanas en el río Putumayo, si el Ecuador se enfrenta en combate con el Perú por temas limítrofes, y si Chile decide ocupar islas en el Atlántico, esas que Buenos Aires considera propias… mientras no exista peligro de lanzamiento de misiles termonucleares, Washington no va a mover un dedo. ¿No me cree?

Dato mata relato

Veamos ahora algunos ejemplos más extremos —y peligrosamente reveladores— de la nueva política exterior de Washington. Hace apenas unas semanas, India y Pakistán, ambos con armamento nuclear, intercambiaron misiles y derribaron cazas en ambos lados de la frontera como si estuvieran jugando una partida de ajedrez con piezas equipadas con reactores atómicos. ¿La reacción de la Casa Blanca? Ninguna. Ni un barco, ni un avión, ni siquiera un enviado especial para “hacer como que media”. Absoluto silencio. Cero interés.

Un mes y medio atrás, cuando Camboya y Tailandia se enzarzaron en duelos de artillería pesada durante varios días, la respuesta norteamericana fue casi cómica: un mensaje de WhatsApp pidiendo que dejaran de fastidiar. Sí, WhatsApp, la diplomacia exprés del siglo XXI.

Más reciente aún, Israel decidió —envalentonado por la indiferencia estadounidense— anexar Gaza por completo y expulsar a la fuerza a millones de refugiados palestinos. Y, a diferencia de décadas pasadas donde cualquier chispa en Medio Oriente justificaba un despliegue cinematográfico de portaviones, tanques y U.S. Marines, Washington dejó claro ahora que “ese problema no es nuestro”. Ni un solo soldado norteamericano en el terreno, ni una sola bandera estadounidense ondeando junto al “aliado histórico”. Ahora Netanyahu está solo en el Medio Oriente.

Y por si quedaban dudas, tras el masivo ataque aéreo ruso sobre Kiev este domingo, el mensaje fue idéntico: no habrá aviones ni tropas estadounidenses para salvar al gobierno ucraniano. “Esa es una guerra europea, que debe resolverse en Europa”, repiten en Washington. Lo mismo aplica a la OTAN: si el choque directo con Rusia llega —y todo indica que llegará—, Estados Unidos ya ha avisado que no pondrá el pecho. No es nuestra guerra.

La ironía es que, después de más de medio siglo de intervenir en todos los rincones del planeta, hoy la superpotencia mundial ha descubierto de golpe, el encanto de la abstinencia estratégica. Algunos lo llaman pragmatismo, otros aislamiento, y no faltan quienes lo consideran la simple “fatiga imperial” de un pueblo norteamericano cansado de ser la policía del mundo a cambio de… nada. Como sea, el mensaje es inequívoco: si esperan a los U.S. Marines, no se molesten… no van a llegar.

Conclusiones:

En los próximos meses, América Latina se verá obligada a confrontar la actitud de completa indiferencia y desinterés del nuevo gobierno de Donald Trump hacia los conflictos militares que asolan nuestra región. Ante un ataque entre países latinoamericanos, es probable que Estados Unidos no intervenga de manera directa con fuerzas militares, sino que adopte más bien una postura de distanciamiento, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso natural.

Cuando se produzca el primer conflicto fronterizo y Estados Unidos decida no intervenir, esto enviará una clara señal a otros países latinoamericanos, alentándolos a optar por soluciones militares para resolver sus disputas fronterizas. Todos tendrán la certeza de que Estados Unidos no se involucrará a menos que uno de los bandos ofrezca beneficios económicos o estratégicos de alto valor. Solo propuestas que incluyan la concesión de bases militares, el acceso de las fuerzas navales estadounidenses a los puertos más importantes o la firma de alianzas militares de gran impacto podrían despertar algún interés en el gobierno de Trump.

En términos generales, mi diagnóstico sugiere que, a mediados de 2027, América Latina iniciará una serie de conflictos bélicos en sus fronteras para abordar problemas históricos mediante la fuerza de sus armas, confiando en que Estados Unidos no intervendrá en ninguno de los bandos durante los próximos cuatro años. Esto generará un violento efecto dominó en toda la región, donde los países mejor equipados militarmente saldrán victoriosos repetidamente, y de una manera tan rápida, tan aplastante y sencilla que su utilización será la nueva normalidad. La guerra, la forma más tradicional de resolución de conflictos durante los últimos 3,000 años de historia y cuyo ciclo sólo fue interrumpido por 70 años de Pax Americana, regresa a reinar en gloria y majestad. Las décadas de paz y progreso creadas en 1945 en donde las gigantescas fuerzas militares y navales de los Estados Unidos garantizaron la libertad del tránsito marítimo en todo el planeta -permitiendo la llegada de la globalización- pues ese breve momento feliz de la historia, ha llegado ahora a su fin.

José Miguel “Mike” Pizarro

Ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.

EE.UU. / Articulista invitado

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